Caminar a San Juan no fue una decisión razonada. Fue una inquietud que surgió de otro lugar. Algo me hacía sentir que debía ir, un susurro me decía que necesitaba hacerla.

Sabía por mi primer caminata, el esfuerzo que implican 200 kilómetros en 3 días, así que podrán imaginar el listado de argumentos que me ofrecía la mente para recomendar mejor hacerla el próximo año: “Que si no cuento con la preparación física suficiente, que esta vez no iría en el grupo ninguna persona cercana, etc”. Sin embargo, alguna parte de mi pudo detectar que la fuente de tantas sugerencias era el MIEDO y fue eso lo que me permitió entender lo importante que era hacer el viaje.

Esta experiencia fue intensamente viva, un aquí y un ahora total. Disfruté y saboreé cada momento, cada compañía y cada sensación. Esta vez no hubo sufrimiento (en la mente), sólo dolor (en el cuerpo). Vinieron conmigo los agradecimientos y peticiones de mucha gente que llenaron mi maleta espiritual en formas muy especiales.

Aprendí o, mejor dicho, recordé las premisas de nuestro peregrinar por la vida: Que en el camino sorpresivamente nos encontramos y nos queremos. Que uno no debe apegarse demasiado porque quizás haya que cambiar el paso o parar y entonces debamos soltarnos… que nadie sabe qué viene después, pero a todos nos mueve el deseo de llegar y entonces cada paso es una meta y cada meta un paso.

Que no hay que confiarse mucho pero hay que disfrutarlo todo, hasta el dolor. Y que si te concentras demasiado en el dolor, no podrás contemplar el bello paisaje frente a ti. Que si las historias resultan tan fascinantes es porque abres tu corazón; estás hablando del clima y de pronto sueltas esa confesión que nunca te animabas a compartir y limpias, vacías, creas un espacio. Estar muy llenos de nuestros propios pensamientos nos deja sin espacio para escuchar a los demás, a Dios y, ¡lo peor!, a uno mismo. Recordé la importancia de crear este espacio…

Que el apoyo de quienes, aunque te aman, no coincidieron en tu momento de peregrinar, te da una fuerza impresionante.

Que la fuerza no está en el cuerpo sino en la mente. Y que la mente debería rendirse al alma, porque es la más sabia de los tres.

Que el primer paso es siempre el más difícil.

Que si abres los brazos, el viento se apresura a abrazarte a ti.

Aprendí que, aunque todos sabemos que hay que viajar liviano, sólo pocos saben hacerlo. Que hay que ir soltando eso que cargamos de más.

Observé que en las entrañas somos MUY parecidos, que todos hemos tenido triunfos y derrotas en nuestro andar. Que todos sentimos miedo pero sólo algunos lo admiten y, de éstos, sólo unos cuantos se atreven a enfrentarlo.

Recordé que vamos de paso y que todos somos peregrinos del mismo camino.